7.5.07

Excitados y deprimidos II


Antonio Cortés Terzi

En la primera parte de este artículo se decía que la excitación y entusiasmo que muestra la derecha se debe al autoconvencimiento de tener un triunfo asegurado en la próxima elección presidencial y que esa confianza la deposita, fundamentalmente, en el supuesto que la Concertación y el gobierno se encuentran en una inexorable declinación por situaciones y conflictos internos que les serían endémicos e imposibles de superar. Se argüía, a su vez, que ese supuesto era, al menos, exagerado y que tanto el uno como el otro disponían de espacios para maniobrar y reconstruir una estrategia de poder. De hecho, los discursos y gestos exitistas de la derecha operan como un fuerte incentivo para la reacción del universo concertacionista.

El punto clave es que la derecha no cuenta aún con una estrategia propositiva, compartida y sujeta a factores y movimientos que sean de su entero manejo y no tan dependiente, como hasta ahora, de lo que haga o no haga su adversario. El asunto es si la derecha es capaz de edificar una estrategia propia, única y común y en base a lo que le ofrece el escenario político real. La hipótesis que aquí se sostiene es que ese es un camino muy complejo y lleno de dificultades que se origina en cuestiones muy sustantivas.

Antes de abordar un par de estas cuestiones debe tenerse en cuenta un factor sobredeterminante en el optimismo derechista. Es evidente que su sentir y su pensar triunfalista están muy influidos por los estragos políticos y sociales que le produjo a la Concertación la frustrante y caótica puesta en marcha del Transantiago. En sus visiones y cálculos futuros ese dato pesa como factótum. Ninguna duda cabe de ese daño, pero nada asegura que sea irreversible. Lo que sí es racionalmente previsible es que en dos años más el Transantiago estará lejos de gravitar, como lo hizo, en el plano político y comunicacional. De ahí que sea un grueso error imaginar “transantiaguizadamente” los escenarios futuros y planificar en consecuencia.

Ahora bien, una de las complejidades que enfrenta la derecha para erigir estrategias radica en que, además de seguir siendo minoría electoral, también es minoría socio-cultural. En la derecha chilena se impone, cultural y discursivamente, un sello conservador que contradice las dinámicas socio-culturales intrínsecas a los procesos modernizadores y a las que, en lo grueso, adscriben las mayorías. Por otra parte, tampoco la derecha ha superado la percepción que de ella se tiene acerca de su pertenencia a elites oligarquizantes y “clasistas”. Todo lo cual redunda en altos niveles de dificultad para devenir en cultura política hegemónica, esto es, que armonice con las tendencias culturales modernizadoras y con lo que podría caracterizarse como “cultura nacional-popular”.

Lo anterior no significa que la derecha no pueda devenir en gobierno. Significaría simplemente que, en esa eventualidad, se trataría de un gobierno social y socio-culturalmente minoritario. Más allá de lo que ello pudiese implicar para el ejercicio gubernamental, es un asunto que tensiona definiciones estratégicas previas. Su drama es que para poder ser mayoría en una elección presidencial debe “ocultar” las esencialidades que la condicionan como minoría social y socio-cultural. Pero ese es sólo el comienzo del drama. Luego se profundiza porque tal “ocultamiento” es resistido como estrategia dentro del mundo derechista.

Esa resistencia proviene, antes que todo, de la “ortodoxia” UDI. Pero también hay otros sectores que manifiestan posiciones similares. Por ejemplo, Lucía Santa Cruz, en el artículo “Por qué la derecha no gana las elecciones” (EM, 8/4/07), dice: “…la derecha no se cree su propio cuento y, en vez de tener el coraje de sus convicciones, de convencer y seducir con un proyecto alternativo al actual, se mimetiza con sus adversarios y adopta banderas para ganar votos, con los resultados de todos conocidos”.

En términos concretos tales discrepancias son un óbice para que la derecha arribe a una estrategia clara y sinérgica. Lo son y lo han sido de por sí, pero hoy se potencian o extreman, por cuanto su precandidato presidencial mejor posicionado es Sebastián Piñera. La “ortodoxia” UDI y las corrientes “hegemonistas” aceptaron a regañadientes la estrategia “popular-centrista” de Lavín para la elección de 1999 y, lisa y llanamente, no se sometieron a ella en la elección del 2005. Y Lavín era un candidato de sus filas y de sus confianzas. Piñera no lo es y tiene disposición y recursos infinitamente superiores a los de Lavín para desplegar una estrategia autónoma y distante del alma de la “derecha profunda”. Hoy por hoy no es creíble que Piñera conceda y retroceda en sus lineamientos estratégicos, como tampoco es creíble que la ortodoxia UDI permita que toda la derecha se pliegue tras la estrategia piñerista, abandonando sus lógicas hegemonizantes.

En suma, el triunfalismo de la derecha es precipitado y hasta paradojal. Precipitado porque carece de estrategia presidencial común y porque en la búsqueda de ella la acechan peligros de desacuerdos ancestrales. Y es paradojal, porque buena parte de su fe está basada en la popularidad que ostenta Sebastián Piñera, popularidad que con mucha energía van a tratar de mermar sectores de la propia derecha. Y ya hay un indicio: el radical y sobreactuado desmarque de la UDI del empresariado ¿no es, también un elíptico ataque a Piñera?